Por León Quirarte | Bitácora Política
En política, los golpes más peligrosos no suelen venir de los adversarios.
Llegan de quienes antes estaban sentados en la misma mesa.
Por eso el caso de la Feria de León merece mucha más atención de la que algunos quisieran darle.
La denuncia pública realizada por el diputado federal Miguel Salim sobre un presunto faltante de 73 millones de pesos en la Feria no es solamente un asunto administrativo. Tampoco es únicamente una discusión sobre números, auditorías o procedimientos internos.
Es, sobre todo, un mensaje político.
Y un mensaje enviado desde el corazón del panismo leonés.
Durante años, la Feria de León fue uno de los espacios más cuidados políticamente por los gobiernos municipales panistas. Un organismo que, además de organizar el evento más importante de la ciudad, se convirtió en un espacio estratégico para construir relaciones políticas, empresariales y sociales.
Por eso llama la atención que hoy sea precisamente un panista de peso, como Miguel Salim, quien decida poner sobre la mesa cuestionamientos tan delicados.
No estamos hablando de una crítica de Morena.
No estamos hablando de un señalamiento de Movimiento Ciudadano.
Estamos hablando de una figura que durante décadas formó parte del mismo grupo político que llevó a Alejandra Gutiérrez a la Presidencia Municipal.
Y ahí es donde la historia se vuelve interesante.
Porque desde la salida de la alcaldesa del PAN comenzaron a ocurrir cosas que antes parecían impensables.
Primero aparecieron cuestionamientos sobre la publicidad institucional.
Después llegaron los reclamos por el cambio de colores en la imagen del gobierno.
Más tarde surgieron denuncias electorales por presunta promoción personalizada.
Luego vinieron las críticas desde el propio Ayuntamiento.
Y ahora aparece el tema de la Feria.
Cada episodio, por separado, podría parecer un hecho aislado.
Juntos comienzan a dibujar otra cosa.
Un rompimiento político que dejó heridas más profundas de lo que inicialmente parecía.
Durante meses se habló de una salida tersa.
De una decisión personal.
De diferencias de visión.
Pero la realidad política suele expresarse a través de los hechos y no de los comunicados.
Y los hechos indican que varios actores que antes guardaban silencio hoy comenzaron a hablar.
Quizá por eso resulta interesante lo ocurrido paralelamente con Jesús Hernández. Su postura crítica frente a algunas decisiones internas del PAN abrió especulaciones sobre nuevas fracturas, nuevas salidas o nuevas reconfiguraciones dentro del partido.
Porque el PAN de Guanajuato atraviesa un momento peculiar.
Por un lado intenta cerrar filas alrededor de la gobernadora Libia Dennise.
Por otro, enfrenta la salida de una de las figuras con mayor posicionamiento electoral en el estado.
Y en medio aparecen liderazgos, grupos y corrientes que comienzan a reposicionarse para lo que viene en 2027.
En ese contexto, el caso de la Feria parece mucho más que una discusión financiera.
Parece una disputa por el control de la narrativa.
Por el control político.
Y por la revisión de un legado que hasta hace poco nadie se atrevía a cuestionar públicamente.
La gran pregunta es si los señalamientos terminarán en responsabilidades concretas o si únicamente forman parte de una batalla política que apenas comienza.
Porque una cosa es denunciar.
Y otra muy distinta es sostener las acusaciones hasta sus últimas consecuencias.
Lo que sí parece evidente es que algo cambió.
Durante años, las diferencias dentro del panismo leonés se resolvían en privado.
Hoy se discuten en medios, en el Congreso, en el Ayuntamiento y en redes sociales.
Y cuando los aliados empiezan a hablar, generalmente significa que las puertas ya se cerraron por dentro.
La Feria puede ser el tema de hoy.
Pero el verdadero asunto de fondo parece ser otro.
La disputa por el futuro político de León después de Alejandra Gutiérrez.












