Del berrinche digital al baño de realidad
Por León Quirarte | Bitácora Política
La semana pasada, Alejandra Gutiérrez decidió cambiar los colores. Esta semana descubrió que cambiar los colores no significa cambiar la realidad.
Después del polémico evento donde el azul prácticamente desapareció para dar paso al naranja y al turquesa —en medio de dirigentes de Movimiento Ciudadano, mensajes de confrontación y una gobernadora deliberadamente excluida— vino la segunda parte del libreto: la victimización.
Ahora resulta que hay una “campaña de bots” en su contra. Que las críticas no son reales. Que detrás del rechazo hay operaciones digitales organizadas. Y que incluso analiza presentar denuncias.
Es el recurso más viejo de la política moderna: cuando la narrativa no prende, la culpa es del algoritmo.
Pero el problema para Alejandra no está en redes sociales. Está en las señales políticas que ella misma decidió mandar. Nadie obligó a cambiar los colores institucionales. Nadie la forzó a convertir un evento de gobierno en una pasarela naranja. Nadie le pidió tensar públicamente la relación con el PAN mientras todavía gobierna bajo una estructura construida precisamente por ese partido.
La reacción no nació de “bots”. Nació de la percepción.
Y en política, percepción es realidad.
Mientras la alcaldesa hablaba de ataques digitales, el PAN respondió como mejor sabe hacerlo cuando se siente retado: mostrando músculo. Veinte mil personas en la Explanada de la Feria no son un detalle menor. Son un mensaje interno y externo. Los gritos de “¡Fuera Morena!” no solo fueron dirigidos al oficialismo federal; también funcionaron como un recordatorio de identidad para una militancia que hoy parece cerrar filas alrededor de Libia Dennise García Muñoz Ledo y de la estructura estatal.
Y ahí apareció otro dato incómodo para la narrativa de Alejandra: el panismo se mostró unido… sin ella.
La fotografía importa. El tamaño del evento importa. El ánimo importa. Y mientras la alcaldesa intenta construir una nueva identidad política, el PAN le mandó un mensaje brutalmente simple: el partido sigue teniendo estructura, operación y convocatoria sin necesidad de su figura.
Por eso también pesaron las palabras del dirigente nacional Jorge Romero Herrera. Sí, dijo que era “una pena” la salida de Alejandra. Pero inmediatamente soltó la frase que realmente importaba: nadie puede pedir que se le aparten candidaturas.
Traducido del idioma político al español cotidiano: en el PAN nadie es indispensable.
Y ese quizá sea el golpe más duro de todos.
Porque durante años, Alejandra Gutiérrez construyó una imagen de liderazgo fuerte, dominante e inevitable dentro del panismo leonés. Pero hoy enfrenta un escenario distinto: uno donde ya no controla el partido, donde el partido ya no gira alrededor de ella y donde el intento de mudarse al naranja todavía luce más como rebeldía que como proyecto sólido.
Lo más llamativo es que todo esto ocurrió en apenas unos días. Pasó de pedir “alto al ruido” a denunciar bots. De intentar marcar distancia del PAN a ver al PAN llenando la Explanada de la Feria. De proyectarse como figura decisiva a escuchar cómo su exdirigencia le recuerda públicamente que las candidaturas no son patrimonio personal.
La política suele ser cruel con quienes confunden popularidad con control.
Y esta semana dejó claro que una cosa no siempre garantiza la otra.












