La campaña la pagan todos, el beneficio parece de una sola
Por León Quirarte | Bitácora Política
Durante semanas, la discusión política en León se concentró en los colores.
Que si el azul desapareció. Que si apareció el naranja. Que si el turquesa sustituyó la identidad visual que durante años acompañó a los gobiernos panistas de la ciudad.
Pero quizás nos equivocamos de debate.
Porque el problema ya no es el color.
El problema es el dinero.
Y sobre todo, el uso del dinero público para construir una narrativa política que cada vez parece más enfocada en la figura de la alcaldesa Alejandra Gutiérrez que en informar a los ciudadanos.
La controversia comenzó con espectaculares, bardas y campañas masivas para promocionar el Programa de Obra Pública 2026. Después aparecieron anuncios en distintos espacios de la ciudad. Y ahora la discusión llegó incluso a las salas de cine.
La pregunta ya no es si la gente conoce las obras que se realizarán.
La pregunta es cuánto dinero se necesita para que un gobierno informe algo que, por obligación, tendría que informar de cualquier manera.
Y ahí es donde empiezan los problemas.
Porque mientras desde la administración municipal se insiste en que se trata de una campaña institucional, cada vez son más las voces que observan algo distinto: una estrategia de posicionamiento político construida desde el gobierno.
No es casualidad que los cuestionamientos hayan crecido precisamente después de la salida de Alejandra Gutiérrez del PAN. Tampoco es casualidad que coincidieran con el cambio de imagen institucional, la desaparición gradual de los colores tradicionales y la aparición de una nueva narrativa visual y política.
Por separado, cada decisión podría justificarse.
Juntas cuentan otra historia.
Una historia donde la comunicación gubernamental parece diseñada para acompañar una transición política personal.
Y esa percepción es la que hoy está provocando más desgaste que cualquier ataque de adversarios.
La discusión ya llegó al terreno electoral.
No porque alguien haya demostrado una falta, sino porque existe una duda razonable sobre dónde termina la comunicación institucional y dónde comienza la promoción personalizada.
Es una línea muy delgada.
Y mientras más recursos se destinan a campañas publicitarias, más difícil resulta convencer a la ciudadanía de que todo se trata únicamente de informar.
Porque informar no necesariamente implica inundar la ciudad.
Informar no necesariamente implica aparecer en todos los formatos posibles.
Informar no necesariamente implica convertir una estrategia de comunicación en una presencia permanente.
La paradoja es evidente.
Mientras más intenta explicarse el gobierno municipal, más preguntas genera.
¿Cuánto se ha gastado realmente?
¿Quién autorizó la estrategia?
¿Quién decidió los cambios de imagen?
¿Quién evaluó la necesidad de llevar la campaña hasta las salas de cine?
Sobre este último punto, el director de Comunicación Social, Enrique Avilés, aseguró que la difusión en los complejos cinematográficos no tuvo costo para el municipio. Sin embargo, lejos de cerrar el debate, la declaración abrió nuevas interrogantes. Si la publicidad fue gratuita, ¿quién otorgó esos espacios?, ¿bajo qué criterios se asignaron?, ¿qué valor comercial tenían esos anuncios y por qué se concedieron sin contraprestación? En una estrategia de comunicación tan amplia, la presencia en las salas de cine no es un detalle menor, sino uno de los elementos que más llamó la atención por el alcance y la visibilidad que ofrece.
Y quizá la pregunta más incómoda de todas:
Si el objetivo es promover obras públicas, ¿por qué la conversación termina siempre alrededor de la alcaldesa?
Hace apenas unas semanas se pedía “alto al ruido”.
Hoy el ruido ya no proviene únicamente de adversarios políticos.
Proviene de las dudas.
De las denuncias.
De los cuestionamientos internos.
Y de una percepción que comienza a instalarse entre muchos ciudadanos: que la administración municipal está invirtiendo demasiados recursos en construir una imagen cuando debería estar concentrada en fortalecer resultados.
Porque al final, el dinero es de todos.
Pero el beneficio político, cada vez parece más concentrado en una sola persona.












